La curadora Zoe Butt reflexiona en torno a sus lazos de unidad con creadores, colegas y amigues para dimensionar la potencia que radica en el trabajo cultural, y cómo se articula el conocimiento como experiencia vivida para nutrir la lucha y la supervivencia en un mundo herido.
Estes creadores de les que me he rodeado provienen de diversos contextos y modos de vida. Sus oídos están en sintonía con las historias orales, con las estructuras del parentesco cotidiano, con la construcción de una experiencia que no les separa del conocimiento como vivencia. Sus puntos de anclaje son los síntomas de lucha, de la experiencia de la privación de derechos, renovando así la conciencia histórica y la necesidad de reparación. Estoy aprendiendo de los recuerdos heredados de los agricultores que viven en el agua cuyos ríos ahora están represados; de espíritus de la montaña y la selva cuyos vientres han sido minados y deforestados; de profesores cuyes alumnes conciben un mundo a partir de la permanencia forzosa en un campo de refugiades; de las minorías étnicas desplazadas que extraen piedras preciosas que los ricos creen que les traerán buena fortuna; de la miríada de dialectos que debemos recordar y vigorizar para reordenar nuestra relación con la hegemonía y todas sus falsedades político-lingüísticas. Y mucho más.
La cultura, para mí, es esa última zona gris de la producción humana que puede ser vía para aprehender la terrible incomodidad con la diferencia, que puede disuadir nuestra necesidad de control y devolver el asombro a lo desconocido como un medio de confianza; de ser en solidaridad con los sistemas del planeta que habitamos. Porque esta crisis pandémica ha revelado agudamente que el derecho “democrático” de una sociedad a socializar y trabajar —a pesar de la calamidad en el aumento del número de muertes humanas—, parece preponderar sobre el respeto por la comunidad. Tal actitud revela una vez más la violenta arrogancia que descarta sus “derechos” como contribución a la destrucción irrevocable del equilibrio en la materialidad: la materialidad entendida primero como humana y luego más-allá-de-lo-humano. Digo humana en primer lugar, porque es solo a partir del respeto y la integridad en nuestro propio Ser que, entonces, podemos reconocer nuestro impacto y dependencia en otros (tanto “Otros” como otros, en todas las “cosas” útiles y no útiles, animadas e inanimadas).
Respetar nuestra propia materialidad comienza con el reconocimiento de nuestra comunidad (nuestra interdependencia ayuda a nuestra supervivencia) y, por lo tanto, creo que la amistad y la orientación deben reavivarse mientras luchamos por replantear, revaluar, reformular y reconstruir nuestro mundo.
***
Un mensaje de Wh*tsapp llega de LIR, un dúo de curadores, Mira Asriningtyas y Dito Yuwono, de Yogyakarta. Llegarán tarde a nuestra reunión por Z**m. El Monte Merapi amenaza con exponer sus entrañas volcánicas. Los procedimientos de evacuación están preparados y en su lugar, repletos de máscaras faciales y medidas de distanciamiento social. Una imagen los atraviesa con el artista Maryanto, Marapi en la distancia. Acaban de regresar de la investigación de campo, debajo de esta explosión inminente. LIR y Maryanto se han inspirado en la historia de ficción de Barata[1] (una figura ancestral local), un cazador de elefantes a las faldas de Merapi, quien se dio cuenta de su arrogancia en la caza y su aniquilación de la comunidad, y por lo tanto asumió un llamado para proteger todas las formas de vida. Sonrío al ver el flujo de otras imágenes: su caminata a un pueblo en particular y varias vías fluviales que exploran la ira anterior de Marapi, imágenes que retratan cómo la superstición local ha brindado resiliencia para reconectarse socialmente con la tierra frente a una creciente industria turística y la codicia empresarial por la extracción de arena. Los paisajes y las comunidades están en constante cambio. Se disculpan por lo que será un retraso inevitable en el trabajo de nuestro proyecto de Pollination[2] del que forma parte su investigación a través de The Factory.
En esta búsqueda, Pollination, bajo la dirección de LIR y Kittima, y a su vez en amistad con sus artistas, se cuestionan las definiciones de ecología y sostenibilidad, renovando el poder de un conocimiento local encarnado[4] como medio de lucha, sobreviviendo al asalto en curso de la tierra, en todas sus acciones conscientes.
Continuar habilitando la capacidad de las amistades, a pesar de esta pandemia, a través de la exploración de la investigación artística compartida, es alentador. Ser testigo de la resiliencia, la flexibilidad, el compromiso, la paciencia, la comprensión y la voluntad de continuar, de comprender posibles soluciones, de persistir y, en última instancia, de mantenerse conectada, informada y crítica: esto es lo que hace que este trabajo cultural sea gratificante.
Otra “reunión” en línea también me ha estado apoyando, esta en seis zonas horarias, desde arriba hasta abajo (marcando desde Carolina del Norte, Eindhoven, Estocolmo, Lisboa, Ammán, Dubai y Ho Chi Minh), con la cualidad de que no muches de nosotres nos hemos conocido en persona. Somos un grupo de ocho, organizado por Walter Mignolo, co-iniciado con Sandi Hilal y Alessandro Petti, cuya plataforma informal Tents of Thought[5] nos invita a compartir nuestros actuales mecanismos de adaptación, nuestras preguntas, ansiedades y estrategias únicas para la reconstrucción de valor, significado y propósito en el necesario re-aprendizaje de nuestras mentes y comunidades. Todes somos trabajadores culturales diferentes (como filósofes, maestres, artistas, curadores) y lo que compartimos en común es el deseo de hablar, actuar y crear de maneras que re-orienten nuestra relación con los sistemas de presunto poder y conocimiento, así como su distribución.
Cuando comenzaron nuestras reuniones, estaba asombrada e intimidada por esta nueva pequeña comunidad en la que me encontré a mí misma siendo parte. Pero ahora, después de un año de charlas regulares, hay una camaradería compartida, la voluntad de ser descarada y audaz. Y esto es seguido con cuidado, generosidad y honestidad que invita a la reflexión. Bajo esta carpa virtual, hay una generosidad en la comprensión de cómo nuestras palabras codifican y pueden hacer que las “cosas” subsuman, controlen y expresen. Existe una conciencia crítica sobre cómo el contexto cambia el significado de nuestras frases y, por lo tanto, existe una sensibilidad y paciencia en torno al habla, que, dentro de este grupo, es lingüísticamente brillantemente diverso.
Munir se refiere a nosotres como Mujaawarah, un término árabe para el componente más básico de una comunidad. De personas que eligen estar juntas. Discutimos la presencia de “imágenes huérfanas” en el arte, objetos refugiados cuyas historias de parentesco han sido negadas por la lujuria colonial de controlar sus posesiones materiales; discutimos el “derecho a no pertenecer” a una ontología mediática capitalista que identifica, categoriza, divide y gobierna; de la necesidad de comprender el impacto de las formas de migración internas y externas en los conceptos de indigeneidad y etnia; de la necesidad de curar, nutrir, dar diferentes modos de renovación en la idea de suelo psicológico, suelo cultural, suelo espiritual; de la inherente necesidad de volver a una hospitalidad tan esencial como respirar. Con lo que todes nos encontramos comprometides es con la necesidad de aprender como un proceso que comienza más allá de las definiciones del lenguaje, en el campo de la relación, en la observación, con respecto a los diferentes modos de tiempo y espacio. Es una actitud. Como diría Walter, es el desaprendizaje necesario (la desvinculación) con el Tiempo.
Es tristemente irónico que en este momento pandémico, muches de nosotres hayamos encontrado consuelo al saber que no estamos solxs en nuestra experiencia de aislamiento social; muches han encontrado consuelo psicológico en tal solidaridad, a pesar de que esta situación es, en última instancia, un resultado calamitoso de falta de respeto y división humana. Como curadora y guía, como líder y amiga, cuya forma primordial de vida cotidiana es hablar y escribir, me sorprende el agotamiento actual que abunda de tal deliberación diaria sobre las palabras. Lamento la pérdida de un cuerpo todos los días. En este momento viral donde les seres querides y colaboradores lejanes son relegades al mundo virtual de lo verbal, existe una necesidad urgente y diaria de recalibrar los sentidos plenos. Es en las imágenes y particularidades de historias compartidas con tanta diversidad que mis sentidos se estremecen. Porque en su esperanzada articulación de lucha se nutre mi imaginación; en su razonamiento creativo (dado con risas y afabilidad) recuerdo cuán finito es nuestro planeta y que es en esta diferencia en la que nos entrelazamos y, por lo tanto, innovamos y, por lo tanto, reparamos.
(Saigon, 30 de noviembre de 2020)
La curadora Zoe Butt reflexiona en torno a sus lazos de unidad con creadores, colegas y amigues para dimensionar la potencia que radica en el trabajo cultural, y cómo se articula el conocimiento como experiencia vivida para nutrir la lucha y la supervivencia en un mundo herido.
Estes creadores de les que me he rodeado provienen de diversos contextos y modos de vida. Sus oídos están en sintonía con las historias orales, con las estructuras del parentesco cotidiano, con la construcción de una experiencia que no les separa del conocimiento como vivencia. Sus puntos de anclaje son los síntomas de lucha, de la experiencia de la privación de derechos, renovando así la conciencia histórica y la necesidad de reparación. Estoy aprendiendo de los recuerdos heredados de los agricultores que viven en el agua cuyos ríos ahora están represados; de espíritus de la montaña y la selva cuyos vientres han sido minados y deforestados; de profesores cuyes alumnes conciben un mundo a partir de la permanencia forzosa en un campo de refugiades; de las minorías étnicas desplazadas que extraen piedras preciosas que los ricos creen que les traerán buena fortuna; de la miríada de dialectos que debemos recordar y vigorizar para reordenar nuestra relación con la hegemonía y todas sus falsedades político-lingüísticas. Y mucho más.
La cultura, para mí, es esa última zona gris de la producción humana que puede ser vía para aprehender la terrible incomodidad con la diferencia, que puede disuadir nuestra necesidad de control y devolver el asombro a lo desconocido como un medio de confianza; de ser en solidaridad con los sistemas del planeta que habitamos. Porque esta crisis pandémica ha revelado agudamente que el derecho “democrático” de una sociedad a socializar y trabajar —a pesar de la calamidad en el aumento del número de muertes humanas—, parece preponderar sobre el respeto por la comunidad. Tal actitud revela una vez más la violenta arrogancia que descarta sus “derechos” como contribución a la destrucción irrevocable del equilibrio en la materialidad: la materialidad entendida primero como humana y luego más-allá-de-lo-humano. Digo humana en primer lugar, porque es solo a partir del respeto y la integridad en nuestro propio Ser que, entonces, podemos reconocer nuestro impacto y dependencia en otros (tanto “Otros” como otros, en todas las “cosas” útiles y no útiles, animadas e inanimadas).
Respetar nuestra propia materialidad comienza con el reconocimiento de nuestra comunidad (nuestra interdependencia ayuda a nuestra supervivencia) y, por lo tanto, creo que la amistad y la orientación deben reavivarse mientras luchamos por replantear, revaluar, reformular y reconstruir nuestro mundo.
***
Un mensaje de Wh*tsapp llega de LIR, un dúo de curadores, Mira Asriningtyas y Dito Yuwono, de Yogyakarta. Llegarán tarde a nuestra reunión por Z**m. El Monte Merapi amenaza con exponer sus entrañas volcánicas. Los procedimientos de evacuación están preparados y en su lugar, repletos de máscaras faciales y medidas de distanciamiento social. Una imagen los atraviesa con el artista Maryanto, Marapi en la distancia. Acaban de regresar de la investigación de campo, debajo de esta explosión inminente. LIR y Maryanto se han inspirado en la historia de ficción de Barata[1] (una figura ancestral local), un cazador de elefantes a las faldas de Merapi, quien se dio cuenta de su arrogancia en la caza y su aniquilación de la comunidad, y por lo tanto asumió un llamado para proteger todas las formas de vida. Sonrío al ver el flujo de otras imágenes: su caminata a un pueblo en particular y varias vías fluviales que exploran la ira anterior de Marapi, imágenes que retratan cómo la superstición local ha brindado resiliencia para reconectarse socialmente con la tierra frente a una creciente industria turística y la codicia empresarial por la extracción de arena. Los paisajes y las comunidades están en constante cambio. Se disculpan por lo que será un retraso inevitable en el trabajo de nuestro proyecto de Pollination[2] del que forma parte su investigación a través de The Factory.
En esta búsqueda, Pollination, bajo la dirección de LIR y Kittima, y a su vez en amistad con sus artistas, se cuestionan las definiciones de ecología y sostenibilidad, renovando el poder de un conocimiento local encarnado[4] como medio de lucha, sobreviviendo al asalto en curso de la tierra, en todas sus acciones conscientes.
Continuar habilitando la capacidad de las amistades, a pesar de esta pandemia, a través de la exploración de la investigación artística compartida, es alentador. Ser testigo de la resiliencia, la flexibilidad, el compromiso, la paciencia, la comprensión y la voluntad de continuar, de comprender posibles soluciones, de persistir y, en última instancia, de mantenerse conectada, informada y crítica: esto es lo que hace que este trabajo cultural sea gratificante.
Otra “reunión” en línea también me ha estado apoyando, esta en seis zonas horarias, desde arriba hasta abajo (marcando desde Carolina del Norte, Eindhoven, Estocolmo, Lisboa, Ammán, Dubai y Ho Chi Minh), con la cualidad de que no muches de nosotres nos hemos conocido en persona. Somos un grupo de ocho, organizado por Walter Mignolo, co-iniciado con Sandi Hilal y Alessandro Petti, cuya plataforma informal Tents of Thought[5] nos invita a compartir nuestros actuales mecanismos de adaptación, nuestras preguntas, ansiedades y estrategias únicas para la reconstrucción de valor, significado y propósito en el necesario re-aprendizaje de nuestras mentes y comunidades. Todes somos trabajadores culturales diferentes (como filósofes, maestres, artistas, curadores) y lo que compartimos en común es el deseo de hablar, actuar y crear de maneras que re-orienten nuestra relación con los sistemas de presunto poder y conocimiento, así como su distribución.
Cuando comenzaron nuestras reuniones, estaba asombrada e intimidada por esta nueva pequeña comunidad en la que me encontré a mí misma siendo parte. Pero ahora, después de un año de charlas regulares, hay una camaradería compartida, la voluntad de ser descarada y audaz. Y esto es seguido con cuidado, generosidad y honestidad que invita a la reflexión. Bajo esta carpa virtual, hay una generosidad en la comprensión de cómo nuestras palabras codifican y pueden hacer que las “cosas” subsuman, controlen y expresen. Existe una conciencia crítica sobre cómo el contexto cambia el significado de nuestras frases y, por lo tanto, existe una sensibilidad y paciencia en torno al habla, que, dentro de este grupo, es lingüísticamente brillantemente diverso.
Munir se refiere a nosotres como Mujaawarah, un término árabe para el componente más básico de una comunidad. De personas que eligen estar juntas. Discutimos la presencia de “imágenes huérfanas” en el arte, objetos refugiados cuyas historias de parentesco han sido negadas por la lujuria colonial de controlar sus posesiones materiales; discutimos el “derecho a no pertenecer” a una ontología mediática capitalista que identifica, categoriza, divide y gobierna; de la necesidad de comprender el impacto de las formas de migración internas y externas en los conceptos de indigeneidad y etnia; de la necesidad de curar, nutrir, dar diferentes modos de renovación en la idea de suelo psicológico, suelo cultural, suelo espiritual; de la inherente necesidad de volver a una hospitalidad tan esencial como respirar. Con lo que todes nos encontramos comprometides es con la necesidad de aprender como un proceso que comienza más allá de las definiciones del lenguaje, en el campo de la relación, en la observación, con respecto a los diferentes modos de tiempo y espacio. Es una actitud. Como diría Walter, es el desaprendizaje necesario (la desvinculación) con el Tiempo.
Es tristemente irónico que en este momento pandémico, muches de nosotres hayamos encontrado consuelo al saber que no estamos solxs en nuestra experiencia de aislamiento social; muches han encontrado consuelo psicológico en tal solidaridad, a pesar de que esta situación es, en última instancia, un resultado calamitoso de falta de respeto y división humana. Como curadora y guía, como líder y amiga, cuya forma primordial de vida cotidiana es hablar y escribir, me sorprende el agotamiento actual que abunda de tal deliberación diaria sobre las palabras. Lamento la pérdida de un cuerpo todos los días. En este momento viral donde les seres querides y colaboradores lejanes son relegades al mundo virtual de lo verbal, existe una necesidad urgente y diaria de recalibrar los sentidos plenos. Es en las imágenes y particularidades de historias compartidas con tanta diversidad que mis sentidos se estremecen. Porque en su esperanzada articulación de lucha se nutre mi imaginación; en su razonamiento creativo (dado con risas y afabilidad) recuerdo cuán finito es nuestro planeta y que es en esta diferencia en la que nos entrelazamos y, por lo tanto, innovamos y, por lo tanto, reparamos.
(Saigon, 30 de noviembre de 2020)