INTENTO POR FIJAR UNA IMAGEN QUE SE PIERDE

Entender la memoria como un proceso abierto, flexible, no jerárquico, en constante disposición a reescribir sus comienzos y finales. A ser estudiada, rehecha y tensionada por nuevas hipótesis. En este marco, por medio del humo, la imagen y el objeto, se activa un proceso de construcción, reconstrucción y deconstrucción de la memoria, homologado al deterioro material.

Este archivo abierto disuelve la posibilidad de una memoria rígida, apostando por una memoria que se activa desde el desgaste, el residuo y la fragilidad.

Ese cruce entre el humo y lo deshecho se vincula con el territorio donde se emplaza este proyecto: Traytrayko, Nueva Imperial, en Gulumapu [Ngulumapu]. Allí, el humo forma parte del paisaje cotidiano, resultado de la calefacción de leña para soportar el frío y la lluvia. En este contexto, el humo no solo es residuo, sino sustancia viva que habita el territorio, lo recorre y transforma. A la vez, estos mismos fenómenos climáticos —el frío y la humedad— son responsables del deterioro de los objetos-escombros.

Me interesaba desarrollar, por medio del grabado, una técnica tan frágil como el humo mismo, en la que la imagen pudiera desvanecerse al mínimo roce. Las imágenes que grabo sobre estos objetos-escombros provienen de mi archivo personal y familiar. En ellas aparecen mi padre, mi madre, mis abuelas, amigues, yo mismo de niño, y los lugares que marcaron mi vida cotidiana, tanto en Nueva Imperial como hoy en Santiago de Chile. Quise tensionar esas imágenes haciéndolas dialogar con superficies aún más inestables: tablas en proceso de descomposición, un colchón roto, partes oxidadas de cocinas de leña. En ese contacto, todos los elementos potenciaban su deterioro.

Así, más allá de la posibilidad material de sostener una imagen, lo que persistía era la acción: el gesto de intentar fijarla. La memoria no residía en el objeto, sino en la insistencia de ese gesto, y el objeto pasaba a ser apenas un evocador, un vestigio de esa voluntad. Por eso las imágenes son únicas; no hay serialización ni acabados prolijos. Algunas apenas se distinguen, y es precisamente porque no buscan representar, sino encarnar. Son huellas de una voluntad por hacer presencia más que imágenes para ser vistas.